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El término compromiso admite distintas acepciones. En términos de Derecho, compromiso es un convenio entre litigantes. También significa obligación contraída, palabra dada, empeñada. Al casarse, los esposos se comprometen a ayudarse mutuamente a conseguir los fines fundamentales de la vida matrimonial. Dicho en otra forma, el SI que se dan el uno al otro supone, de parte de ambos, la libre y consciente aceptación de una serie de acuerdos que deben ser cumplidos. Cuando nos casamos hacemos una elección que supone también una negación a todo lo demás que no forme parte del vínculo matrimonial. Esta elección supone reconocimiento y respeto por esa persona que hemos elegido como cónyuge, con sus imperfecciones, defectos, inseguridades, limitaciones, parientes, amigos, y todo lo demás. Y por supuesto todas las cosas buenas que tiene que son muy superiores. Las promesas tienen que estar respaldadas por los hechos. De lo contrario solamente quedan en eso, en promesas. Y las promesas no sustentan una relación.

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Alguien dijo una vez: “No podemos defender la institución de la familia con piedras y palos frente a la artillería erudita del enemigo, sólo por tener la seguridad de pertenecer al bando correcto. Si queremos ser alternativa de cambio a esta sociedad, tenemos que dar la talla en el campo académico de otra forma, es preferible el oscurantismo privado a la necedad pública”. Por ello, el INSTITUTO DE FORMACIÓN FAMILIAR desea dar respuestas a una necesidad urgente de la consejería pastoral en general, frente a los nuevos retos de una sociedad en permanente proceso de cambio que afectan de forma directa a la familia y a los principios y valores que ella se transmiten de generación a generación. Más información: www.institutoinffa.com

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En toda relación de pareja, del mismo modo que los erizos, existe la posibilidad de elegir dos caminos: Uno de ellos, mantenerse a una distancia prudencial para no lastimar ni ser lastimado por las fricciones naturales en la relación, manteniendo relaciones superficiales que no comprometan demasiado nuestros sentimientos y afecte nuestra felicidad; el segundo, la posibilidad de asumir el riesgo de vivir una relación íntima, profunda y confiada, en la que puedan sentirse verdaderamente importantes en el corazón del otro, sabiendo adaptarse incluso en los momentos más difíciles, confiando en él o en ella y poniendo en sus manos la capacidad de amar y ser amado.

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